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Queremos todo smart o la importancia de las metáforas

Por Claudio Ruiz

Racknitz The Turk 3

Parece haber sido una moda pasajera, aun para los estándares acostumbrados en estos días. Pero durante al menos una década todo parecía apuntar a la necesidad de ser inteligente. O, aun mejor, smart. La premisa era sencilla: la adopción de tecnologías digitales en procesos no-digitales convertía lo estúpido en perspicaz. Por arte de magia, lo inútil en productivo.

Visto así, es difícil argumentar en contra. Habría que tener un grupo de muy buenas razones para no querer mejorar tan radicalmente asuntos que, sin estas nuevas tecnologías, se mantendrían en su sistémica ineficiencia. Así, estando todos de acuerdo en esta premisa, digitalizar implica desarrollar y modernizar. Avanzar hacia el futuro resulta entonces inevitable.

Nuestras ciudades, para empezar. También casas, luces, aire acondicionado, llaves, relojes, televisores, teléfonos. Algunos han explorado convertir inteligentes los cepillos de dientes, botellas de vino, tenedores y, por qué no, hasta los preservativos.

Cuando se trata de tecnologías digitales, es difícil no encontrarse con distintas referencias simbólicas como un esfuerzo para, al mismo tiempo, explicar y ocultar su funcionamiento, sus lógicas y sus impactos. Hablamos de ciudades inteligentes para referirnos a un sistema interconectado de sensores y aparatos de vigilancia en espacios públicos; es más fácil hablar de cloud y nubes que de galpones llenos de computadores enfriados a punta de energías fósiles. Más interesante escuchar a alguien hablar de los avances en inteligencia artificial, en lugar de las condiciones de trabajo de miles de trabajadores en Sudáfrica, Filipinas o Egipto que son la fuerza muscular detrás de la transcripción de mensajes de voz o la mágica digitalización de recibos en papel. En Europa, un 40% de las start-ups vinculadas a inteligencia artificial usan en realidad personas, y no sofisticados algoritmos.

En algún sentido, el uso sostenido de estas metáforas es una manera sutil de ubicar las tecnologías digitales en un lugar lejano, al que solo es posible acceder a través de una imaginería construida por quienes hablan fluidamente el arcano lenguaje que las define. Quizás mirar estas metáforas así sea una manera de romper ese hechizo y evitar relacionarnos con todo lo digital como si solo se tratase de mercadería construida por herméticos hechiceros high-tech.


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